Sobre mendigos y periodismo
No es la primera vez que escribo en el periódico sobre mendigos. Es lo único que se me ocurre hacer cuando paseando por Córdoba me encuentro con estas situaciones. No es que intente arreglar el mundo con este tipo de reportajes. No, no me creo un caballero sin espada, un periodista ONG ni nada parecido. En realidad, no creo que sirva de nada. Salvo, como me dijeron ayer varios compañeros cuando les comenté que iba a hablar de los mendigos de la estación Victoria, para que "en cuanto salgan en el periódico los echen de allí". Entonces, que hacemos, ¿miramos para otro lado?Últimamente me ha dado por la fotografía, me interesa el fotoperiodismo y la fotografía social y documental en general. Hace unos meses, compré un libro de bolsillo de la editorial Phaidon, con más de 500 imágenes comentadas.
Entre las fotos, hay una titulada Madre temporera, Nipomo, California realizada en 1936 de Dorothea Lange, una fotógrafa norteamericana que documentaba para la Farm Security Administration la vida rural de los Estados Unidos.
En el pie de foto se puede leer: "En este ejemplo, como en otras obras, Lange se muestra realista, firme en la idea de que entendemos a otras personas y simpatizamos con ellas más por el contacto físico que a través del análisis"El cometario me hizo reflexionar sobre algunas de mis propias motivaciones como periodista, a la vez que hizo que me interesase aún más por la fotografía, no como medio de expresión artística, sino como herramienta de comunicación.
Creo que cuando me he acercado a un mendigo con la excusa de que soy periodista y que me gustaría hablar de él o de ella en el periódico, en realidad sólo intentaba confirmar que se trata de gente como yo, que somos iguales, que yo olería igual si llevase meses sin lavarme, que yo, si se diesen las circunstancias, podría acabar así. No sé si me explico. Acercarme a ellos es una manera de intentar superar mis prejuicios.
Ayer, cuando pasé junto a los mendigos de la estación Victoria en la Avenida de América, llevaba la pequeña cámara digital que últimamente llevo conmigo a todas partes, "por si surge la noticia". Cuando me da por algo soy así, que le vamos a hacer. Así que, tras hablar con Antonia, le pregunté si podía hacerle unas fotos, y accedió. Eso mismo fue lo que intenté en el reportaje escrito, trasladar lo que vi, sin analizar, sin juicios de valor. Por supuesto que no lo conseguí, ni en las fotos ni en el texto, pero creo que esto, depués de más de diez años dedicándome al periodismo, podría ser el principio de algo.
Aquí están las fotos y el texto, el recorte de prensa, y otros dos reportajes más sobre mendigos que he publicado en los últimos años.
Vidas sin techo
Una pareja de mendigos duerme desde hace una semana en los soportales de la estación Victoria, en plena avenida de América
Ella se llama Antonia Muñoz. El prefiere no hablar con el periodista y se aleja maldiciendo entre dientes mientras Antonia se presta a posar para una foto.La mujer no sonríe, pero su actitud es amable. Parece contenta porque alguien se haya acercado a charlar. Pero no sonríe.
Cuenta que lleva años viviendo en la calle. Desde que quedó viuda. "Aquí llevamos seis días y no nos han dicho nada. Ya nos conocen de otras veces y saben que no hacemos nada. Sólo que dormimos en la calle". Se refiere a la Policía Local, que aún no les ha molestado.
Antonia y su compañero, a quien no le une ningún parentesco, comparten una vida sin techo. Sobreviven mendigando. Cuando los echan de un sitio, van a otro. Y si se cansan, o los cansan, se van a Badajoz. "Vivimos entre Córdoba y Badajoz".
Ahora están instalados en la puerta de la estación Victoria en la avenida de América. En ese pequeño edificio restaurado que recuerda a una pequeña estación alpina, con sus forjados de hierro y el techo a dos aguas
. Ayer, Antonia limpiaba el suelo como si fuese el de su casa.Los mendigos han distribuido en el porche sus bultos, sus mantas y cartones, y sus perros.
Los animales están dentro de unas pequeñas jaulas para mascotas. También hay un gato. Antonia los tiene tapados con una manta, pero no parece que sea para protegerlos del frío, pues aunque ayer amaneció con algunas nubes en el cielo e incluso hasta lloviznó a primera hora, frío, lo que se dice frío, no hacía. "Como no me dejan llevármelos conmigo, no me voy a ningún sitio".
Según Antonia, nadie se ha acercado a ellos en los últimos días para ofrecerles alojamiento u otra ayuda. Ni asistentes sociales, ni alguna ONG, y mucho menos algún particular.

Tampoco parece importarle. No hay lamentos en la conversación. A veces, da la sensación de que la mujer no es consciente de la precariedad en que vive. Sólo se queja de que los cordobeses son poco generosos.
--¿Cuántos años tiene, Antonia?
--¿Son más ochenta o sesenta?
--Ochenta.
--Pues tengo sesenta y nueve.
El DNI de Antonia dice que nació en Santa Marta, provincia de Badajoz, en 1927. Tiene setenta y ocho años y vive en la calle.
Reportaje publicado en Diario Córdoba el sábado, 17 de septiembre del 2005
El hombre del puente de la N-IV
Córdoba, 22 de marzo del año 2002. Esta mañana las ratas se han comido parte de la comida que guarda en bolsas de plástico. “Son ratones así de grandes”, explica extendiendo las manos para describir la longitud de unos roedores del tamaño de gatos. En verano se cumplirán cuatro años desde que Francisco Garrido Moreno se instaló bajo un puente de la N-IV a la salida de Córdoba, con las ratas como únicas vecinas. “Vine a Córdoba reclamado por la justicia, y tras comparecer ante el juez me quedé aquí”. Francisco se refiere al puente donde pasa los días, los meses, los años, sentado frente a una precaria hornilla, dos latas de conserva incrustadas entre piedras. De sus “problemas” con la justicia prefiere no hablar. “Después de hablar con los abogados, metí lasmaletas en la consigna de la estación, y hasta ahora”.
Sólo deja el puente para comprar en una gasolinera cercana, donde se apaña con unas latas de comida en conserva y algo de gasoil para avivar la fogata en la que se calienta y cocina. Hoy está quemando restos de comida que han sido roídos por las ratas. Sentado, como un anacoreta que meditase frente al fuego. “No pienso en nada, me distraigo con el vino y el tabaco”, dice señalando un tetrabrik y un paquete de Ducados que hay en el suelo. Lo poco que tiene lo puede comprar porque cobra una pensión. “Tengo una lesión en la espalda que me impide trabajar”. Está sucio. Muy sucio. Le cubre la mugre como una segunda piel, pero no parece importarle. La verdad es que no parece importarle nada. “¿Qué quieres que haga? ¿Que me ponga en cueros y me duche con el agua que cojo en la gasolinera?”, en el tono de su voz no hay ni una pizca de ironía, su semblante sigue serio, y sólo habla cuando se le pregunta, aunque parece agradecer poder charlar con alguien. En su día estuvo casado, tuvo hijos y un trabajo en Barcelona, pero ahora es como si no existiesen. Sus padres lo han visitado una vez desde que vive bajo el puente, pero “están muy mayores para irme con ellos”. Viven en Palma del Río. Él también es natural de esta localidad, como su ex mujer. “Sí, también tengo hermanos, pero cada uno va a su aire”.
Paco, como lo conocen en la gasolinera junto al puente, es un personaje conocido en la zona. “Aquí viene de vez en cuando a comprar comida”, dice Sánchez, un empleado de Repsol que lo ve por allí desde que se instaló en el puente. “Hemos intentado convencerle para que vaya a una pensión, en el bar Larrea tienen camas, y con su pensión podría estar recogido y aseado. Pero no quiere”. En la gasolinera le conocen, “es Paco, vive bajo el puente”, dicen, pero nadie sabe cuál es la historia que esconde, cuál fue su “problema” con la justicia. Nadie sabe porqué ha acabado así, y el único motivo por el que hoy sale en el periódico es la pura curiosidad. Pero, fuese cual fuese, el “problema” está saldado. Francisco Garrido Moreno es hoy, simplemente, un sin techo que vive bajo un puente de la N-IV, sin familia, sin amigos y sin más preocupación que evitar que las ratas muerdan la comida que guarda en unas sucias bolsas de plástico. Y mañana seguirá ahí, en su puente.
Reportaje publicado en Diario Córdoba el martes, 2 de abril del 2002
Fotografía de Ramón Azañón
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2 Comments:
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Me parece genial y muy interesante el proyecto que has emprendido con este blog. Espero que sigas enriqueciéndolo con tus noticias y tus opiniones. Se ve que eres un gran profesional al que le gusta su trabajo y sobre todo una buena persona.
Ánimo y aseguir así
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